lunes, 25 de marzo de 2013

El radicalismo y el paso de la dictadura


por Aurelio Nicolella*

“Ruego a Dios que haga que el alma de Mario Abel Amaya descanse en paz. Ruego a Dios que permita sacarnos cuanto antes de esta pesadilla, de esta sangre, de este dolor, de esta muerte, para que se abran los cielos de nuevo; que en algún momento podamos venir todos juntos a esta tumba con aquellos recuerdos agridulces y recordar el esfuerzo del amigo y poder decirle que se realizó, que dio por fin sus frutos”. Palabras de despedida de Raúl R. Alfonsín en el entierro del correligionario Mario Abel Amaya, detenido, desaparecido y muerto en la dictadura militar de 1976.
El tiempo pasa, increíblemente treinta y siete años ya pasaron del comienzo de la noche más negra que tuvo que vivir la República Argentina, el obstáculo más duro que sufrió nuestra joven nación. E increíblemente con sangre y dolor la prueba fue superada, con guerra internacional incluida. 
Durante esos días oscuros muchos dejaron su vida defendiendo principios que eran sentencias de muerte declaradas, mientras el grueso de los habitantes, por acción u omisión, trataba de mirar para otro lado. Estos hombres colocaron lo que en la jerga barrial se llama “poner el pecho a las balas”, y balas en serio. Los hubo de todos los sectores de la sociedad. Religiosos como los obispos Enrique Angelelli y Carlos Horacio Ponce de León, las monjas francesas LéonieDuquet y Alice Domon, o el nuevo Papa Francisco aunque le pese a Horacio Verbitsky; militantes políticos y sociales, docentes, profesionales y trabajadores, todos del amplio espectro de la sociedad.
No fue un período fácil, los medios de comunicación no eran como hoy los vivimos y disfrutamos, las redes sociales no existían, y los teléfonos de línea, porque los otros no existían, eran escasos y un lujo, eso si funcionaba.
Tampoco fue un período fácil para la Unión Cívica Radical: el partido de Yrigoyen fue perseguido brutalmente y sin contemplaciones debido a sus principios republicanos de defensa y libertad de las personas y ciudadanos, faltas graves a un proceso donde imperó la
muerte y la autoridad  mesiánica  que se cernía sobre el país. El partido fue castigado duramente, salvo unos pocos que, traicionando esos principios de vida y libertad como otros partidos políticos e instituciones, prestaron colaboración, o peor aún callaron o huyeron como ratas por tirante. Allá ellos con su conciencia.
Salvo estas excepciones, la verdadera UCR, la que nació combatiendo en la Revolución del Parque, para dar cimiento a una Argentina realmente republicana, igualitaria y democrática, supo lo que es sufrir en carne propia la persecución, la muerte y la clandestinidad. Ese partido policlasista jamás cedió al influjo y el cantar de las sirenas de la dictadura de 1976. Por no haber cedido, ese mismo partido tuvo que ser el elegido de la mayoría del pueblo argentino para que orientara a la República Argentina a la recuperación y la consolidación de la “democracia” como antaño fue en la conquista del voto libre y universal. El mandato del pueblo, la UCR lo supo cumplir.
Los testimonios radicales combatiendo a la dictadura, como sólo lo saben hacer los radicales, con la razón y la ley en la mano, son muchos.  Me emociona ver la foto de un Raúl Ricardo Alfonsín, de aquella época, en que nadie ni los radicales lo veían como futuro presidente, presentar recursos de “habeas corpus” en juzgados o ir a comisarías policiales a preguntar si se encontraba detenido tal ciudadano, no importara de que bandería o sector social fuera.
También muchos correligionarios sufrieron la desaparición, la tortura o la muerte, basta recordar a Mario Abel Amaya, que ya estaba desde hacía tiempo en las listas de la famosa y nefasta Triple A: después del golpe cívico-militar de 1976,  sin sus fueros de diputado nacional no se autoexilió, sino que siguió con su lucha de defender  el interés supremo de la humanidad, la libertad de los perseguidos; por ello fue secuestrado en una gélida madrugada del 17 de agosto de aquel comienzo oscuro de la dictadura, por haber cometido el simple y llano pecado de defender los derechos humanos de sus prójimos. Asesinado como sólo sabían hacerlo los tutores del Proceso de Reorganización Nacional, salvajemente después de torturarlo. Ni le dieron el honor de poder velar sus restos en la Casa del partido que tanto amó.
Sergio Karakachoff, el abogado laboralista y de derechos humanos, el que fue periodista y político, el fundador de la agrupación estudiantil Franja Morada, también supo lo que fue la tortura, la desaparición y la muerte: su cuerpo fue  abandonado en las afueras de su ciudad natal La Plata, con evidentes signos de tortura. 

Como Ángel Gerardo Pisarello, defensor de presos políticos; por ello los paramilitares de la Triple A, en 1975, con una bomba destruyeron su estudio jurídico, no alcanzando con ello y ya instalada la dictadura el 24 de junio de 1976 fue secuestrado y asesinado, lo mismo que le sucedió a Miguel Arédez , sindicalista y ex-intendente de Libertador San Martín en la provincia de Jujuy, infatigable luchador contra los atropellos que se cometían en el Ingenio Ledesma, terminando desaparecido. O los atentados de la nefasta Triple A que sufrió Hipólito Solari Yrigoyen y su posterior detención- desaparición ya estando los militares en el poder. 
El 24 de marzo, es una fecha cara para el radicalismo, es una fecha en que no sólo recordamos el quiebre institucional, sino la muerte en su faceta más trágica, que se llevó a militantes y  ciudadanos que luchaban para defender la libertad y la dignidad de las personas.


(*) Abogado, radical, lanusense.