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viernes, 22 de marzo de 2013

El grito sagrado


por Marcelo Calvente

Los argentinos vivimos al compás del fútbol y extrañamos demasiado los festejos de obelisco, la recepción en Ezeiza para el que trae el título, los deportistas en el balcón de la Rosada. Campeones del Mundo, en el país del fútbol, es el estallido que desata la nacionalidad efusiva por la victoria, la vanguardia planetaria que siempre nos creímos que fuimos. Es cierto que desde el inicio del siglo pasado, junto con nuestros vecinos uruguayos, fuimos los mejores, y lo seguimos creyendo cuando la política nos apartó de la competencia ecuménica, entre 1934 y 1958, hasta el fracaso de Suecia, a pesar del cual seguimos creyéndonos los mejores del mundo. Nos faltaba dar la vuelta. Corrían los convulsionados años 70, en Argentina y en todo Sudamérica se cortó la luz, y la noche se convirtió en tinieblas para miles de argentinos, mientras otros estaban en babia y con anteojeras. El sueño de prosperidad e igualdad del continente fue cayendo uno tras otro en todos los países. En Argentina, la represión fue bestial y se convirtió en genocidio. podía tocarle a cualquiera. Y en ese marco, cuando lo peor estaba sucediendo, la dictadura abrió la canilla para el Mundial de Fútbol de 1978, y el grito del pueblo explotó en forma de gol, y el aire de la calle poblada para celebrar la conquista se pareció en algo a la libertad que habíamos perdido tan dramáticamente: En el país del fútbol, los que te tenían amordazado te quitaron el trapo de la boca para que puedas festejar un título mundial. Y casi todos lo festejamos. Fuimos un justo
campeón, seguíamos siendo los mejores. pero ahora teníamos la Copa. El tiempo, con su carga justiciera, fue minando el orgullo nacional por aquel campeonato ganado en medio del horror. La gloria incuestionable llegaría ocho años después, de la mano de Maradona, para que que ya no queden dudas. Eramos, como fuimos siempre, los mejores del mundo. De allí en más vivimos añorando los festejos. Y cada mundial que va pasando más nos está dando la impresión de que la cosa viene empeorando: El último fracaso vino de la mano de aquel que trajo la gloria, ahora como entrenador. Es que nos parecemos tanto a Maradona...
Somos, a no dudarlo, un país que confía en las individualidades porque sabe que no hay equipo. Y menos, organización, cada vez menos. Por eso los argentinos nos apoyamos en nuestros mitos. Gardel, Evita, Fangio, el Che, Borges, Monzón y Maradona, cada uno en su tiempo y en ese significativo orden, nos fueron salvando, nos permitieron vivir creyéndonos los mejores del mundo. Pero últimamente nos venimos cayendo. Porta, Las Leonas, Ginóbilli y Los Pumas fueron los nuevos abanderados pero no precisamente representativos de disciplinas populares. Ni hablar del campeón de la Copa Canal 9 de Motonáutica. Ahora nos queda esa esperanza llamada Lionel Messi, tan correcto y eficiente, tan bajo su perfil, que nos cuesta identificarlo como argentino. “Viejo, ni canta el himno” dijimos, y lo chiflamos cuando al equipo no le salían bien las cosas. Ahora sabemos que con un poco de suerte, y con Messi, si no volvemos a equivocarnos y si Sabella sabe estar a la altura de las circunstancias, podemos dar un golpe histórico en 2014 en el Maracaná, y obtener un título de Campeón Mundial que sería inolvidable e irrepetible. En eso estábamos pensando cuando renunció Benedicto no se cuanto.
  Luego de que los horrores de la dictadura salieran a luz e iluminaran la oscuridad de los claustros de la Iglesia, su actitud institucional cómplice, los confesores de sospechosos, los Von Wernitch, el Padre Grassi y las siempre recurrentes historias de corrupción de menores y pedofilia que tiene a los curas del primer mundo y también de los rincones más olvidados del orbe como acusados, la Iglesia argentina ha mantenido su presencia pero a pasos agigantados fue perdiendo su prestigio. Hace más de dos mil años fue creada para explicar lo que no tenía explicación, para prometer otra vida que haga más insignificante esta vida, inculcando la existencia sobrenatural de un Dios Supremo, apoyada en todo aquello que no tenía explicación, como la Creación, incuso hoy que todo ha sido explicado. No hay mas ciego que el que no quiere ver. Miles de feligreses siguen venerando el Manto Sagrado, que se exhibe en Turín, confeccionado -según la ciencia- novecientos años después de muerto el sagrado cuerpo que habría cubierto. Yo cada vez conozco menos fieles de la Iglesia Católica, aunque cada vez conozco más creyentes en el Evangelio. Siguen ligados al capital y a las armas, son en sí misma un arma, en este caso pacífica y adormecedora del ímpetu y la rebelión, digamos que un arma “preventiva” que desde entonces vienen padeciendo los pueblo del mundo, más poderosa acá que allá pero menos que acullá y mucho menos que allá lejos. Esperando el próximo mundial, discutiendo si Riquelme es bueno o malo, si Moria se pelea con Susana, si se es K o anti K, con ojos adormecidos por el tedio, el lunes 11 de marzo los argentinos mirábamos de reojo como salía humo de la chimenea papal, mientras desde El Vaticano el “especialista” Eduardo Feiman decía tener más posibilidades él de jugar en River que Bergoglio de ser Papa. Y de golpe, la noticia increíble: “¡Bergoglio Papa! ¡Un argentino Papa! ¡Vamos, carajo!” La sorpresa dio paso a la alegría, y ésta a la argentinidad al palo. El antiguo grito sagrado empezó a escucharse por los barrios: ¡Ar-gen-tina, Ar-gen-tina, Ar-gen-tina!
Casi nadie sabe a ciencia cierta que cosas decide el Papa ni cual es la dimensión de su verdadero poder pero todos reconocemos su figura mediática de relevancia mundial. Conocimos la popularidad de Karol Wojtyla cuando su visita, lo vimos recibir idéntico respaldo en otras ciudades del mundo. Y ahora resulta que es un argentino que en pocas horas pasó de ser sospechado de colaborar con los crímenes aberrantes de la dictadura a poco menos que un santo popular, que anda lavando las patas de los pobres por los barrios, que dejó una novia para agarrar los hábitos, que es austero, poco protocolar, y para colmo, como escuché que se afirmó poco felizmente en un noticiero radial de primer orden nacional, “El nuevo Papa es fanático de San Lorenzo”. Su Santidad de lunes a sábado y un fanático los domingos, y eso porque hace mucho que “el Santo” no juega Copas.
Jorge Bergoglio, hoy Francisco, es fanático de San Lorenzo.
El Dale Campeón se agiganta cada día, el nuevo pontífice tiene mas amigos que espectadores el gol de Grillo. “Bergoglio cocina como los dioses” “Con Bergoglio jugábamos a las barajas en el buffet de club” “No hace mucho, Bergoglio me ayudó a empujar el auto”, el proceso de argentinización de la investidura papal está en marcha, y en miles de talleres de todo el país, en muchos de ellos con mano de obra esclava, ya se confeccionan cientos de miles gorros, banderas, vinchas, llaveros y candelabros en miniatura con la cara del nuevo Papa, el nuevo campeón que tenemos los argentinos.
Mientras tanto los cada vez más numerosos ateos argentinos, confundidos, nos preguntamos cuales serán las consecuencias de esta inesperada y milagrosa resurrección del prestigio de la Iglesia, la misma que bendijo la más cruel matanza de nuestra historia, a expensas de una “fumata” de aquellas que derivó en una elección más que sorprendente, que solo parece justificarse en el reconocido pasado nazi de su antecesor. Nos preocupa. Mejor vamos a lo seguro, y aunque poco queda del esplendor pasado, seguimos confiando en nuestro fútbol. Por eso prendemos el televisor para ver observar al Barcelona, porque Messi la está rompiendo. Y mañana todos a ver a River que juega Feiman.