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miércoles, 30 de octubre de 2013

Continuará

por Marcelo Calvente

  Al final, tanta expectativa, tantas notas periodísticas anunciando un gran partido, la buena convocatoria, los fuegos de artificio, estuvo todo y quedó en nada. Un verdadero bodrio pese a las muchas situaciones de marcar que tuvieron ambos en el segundo tiempo.  En un partido muy malo, con más pases al rival que al compañero, Lanús tuvo el doble de llegadas que River. No en el primer tiempo, que fue para olvidar y  casi sin peligro para las vallas, pero sí en el complemento, en el que el equipo de Guillermo debió convertir alguna da la media docena larga de situaciones que tuvo, siempre en el marco de un trámite confuso y enredado, técnicamente hablando, un verdadero fiasco. El empate final en cero para River fue un alivio que no promete nada bueno, en cambio para Lanús fue una frustración que, paradójicamente, le aclara el panorama. Sabe que  en Núñez, presionado por su gente, River tendrá que salir a buscar el gol cediendo de esa manera espacios a un Lanús que ya exhibió con creces su poder ofensivo, se sabe que su potencia en ataque se multiplica cuando dispone de espacios, con ellos su delantera de velocidad y fuerza es una temible amenaza para cualquiera. Ninguno se fue conforme pero River se fue aliviado de la cancha. A uno le cuesta creer que sus hinchas de paladar negro aún respalden a Ramón Díaz. No porque esté mal brindar ese apoyo, sino porque jamás en sus más de cien años de vida, el
equipo de la banda roja fue tan mediocre y su juego tan incierto e inofensivo. Sospecho que al haber conocido el barro del descenso hayan cambiado para siempre, al menos eso parece. Si Labruna se levanta de la tumba y le hacen ver los últimos dos partidos de su River en Lanús, hincha el lomo y mete un pique corto, como en sus tiempos, pero para volver a meterse de cabeza en el cajón.  
Dividimos como es costumbre cada tiempo en tres segmentos de quince minutos. Durante los primeros quince se prestaron la pelota, pero desde ahí hasta los treinta, River corrió mejor y dispuso de más espacios. Tuvo mucha comodidad para recibir y ofertas varias de descarga, atravesaba la línea media local con alguna facilidad, aunque se diluía en las cercanías de Marchesín. Lanús no se paraba bien, siempre estaba lejos del rival y la pelota. De apoco fue ajustando y empezó a tomar contacto con el balón pero lo que el Grana avanzaba en diez pases, River lo hacía en tres, aunque ninguno de los dos lograba llegar al área. La visita fue entrando en confusión y de apoco se fue metiendo en dominios de Barovero. En eso estaban en el minuto final, cuando Ortiz cabeceó desviado sólo ante el golero. Salvo en esa del cierre, los arcos no salieron en las fotos del partido. Al cabo de esa pobre primera parte en la que el marco y los ingredientes se comieron al partido mismo, el entretiempo era la chance de los entrenadores de ajustar algo de lo mucho que cada equipo había hecho mal en un partido de dientes apretados pero con pocas ideas.
Y a decir verdad, al menos en lo que respecta a emociones, en el complemento el partido levantó y después de un cuarto de hora de ida y vuelta, los merecimientos fueron exclusividad del local, que dispuso de no menos de seis situaciones claras para convertir pero falló el toque final contra tres que tuvo el once de Ramón Díaz. Como había ocurrido en los últimos diez del primer tiempo, en la parte final River volvió a bajar los brazos, mucho más al quedarse con un hombre menos por expulsión de Álvarez Balanta, sanción que debió haber ocurrido diez minutos antes, se aferró desesperadamente al empate que se le escapaba de las manos, como quien se aferra al mal menor. El apuro y la mala puntería de los locales le permitieron a duras penas sostenerlo hasta el final. El cierre con empate en cero  conseguido a lo Platense, jugando a contrapelo de su propia historia, hubiese sido una afrenta para el viejo River Plate, aquel que fue millonario, pero para este River desquiciado y andrajoso, en crisis político-económica terminal y víctima permanente del saqueo de propias manos infieles, resultó un aceptable desenlace. Y lo pudo ser, porque su público no estaba presente en el estadio. A 57 años exactos de aquel mítico partido de 1956 que terminó con el sueño de Los Globetrotters, River y Lanús se volvieron a medir en el mismo lugar. Todo ha cambiado demasiado, eso quedó bien claro.
Si bien ambos se fueron desconformes, la rueda de prensa dejó al descubierto los verdaderos sentimientos, esos que surgen con la cabeza fría y el resultado puesto. Ramón mostraba en su rostro más preocupación que conformidad. Sabe que Lanús fue superior tanto como en el encuentro por el Torneo Inicial que River terminó ganando de chiripa, y que si en ambas no lo pudo plasmar en el marcador se debe a la poca pericia de sus futbolistas. Ortiz, el Pulpito, Pereyra Díaz, dos veces Acosta, una muy clara  Melano, otras tantas del Pelado Silva, se fueron desperdiciando las chances que con mucho esfuerzo y sin claridad el equipo había creado. Ramón sabe que de local va a tener otra presión, la misma que hoy le nubló las ideas a Lanús. Ante su gente y en un partido con antecedentes calientes muy recientes, el Granate tuvo demasiado nervio y se turbó cuando debió serenarse para convertir. Nunca fue claro pero sí fue profundo,  Barovero hizo el resto. Ramón sabe que se juega su futuro en siete días en el Monumental, y que de no conseguir un gol en la parte inicial, el complemento será un dolor en crecimiento paulatino para sus oídos y el de sus jugadores, ante un rival que a medida que transcurra el tiempo de juego irá ganando en tranquilidad y que, lo ha demostrado claramente, tiene los dientes muy grandes para comerlo mejor. Hay que esperar siete días para saber el final de esta historia.