Páginas

viernes, 31 de mayo de 2019

Grandioso e inolvidable

por Marcelo Calvente

marcelocalvente@gmail.com


Tres años pasaron de un día inolvidable para todos los granates: la tarde gris del Monumental del 29 de mayo de 2016 en la que Lanús se consagró campeón del Torneo de Transición de ese año, venciendo ampliamente a San Lorenzo en la final. Fue la 34° final en la historia de la primera división del fútbol argentino. Ocho de ellas se disputaron en la era amateur. La primera final del profesionalismo la jugaron River e Independiente en el Gasómetro en 1932, y River lo ganó por 3 a 0. En el 36, el Millonario venció a San Lorenzo por 4 a 2. En 1967 el inolvidable Estudiantes de Zubeldía aplastó al Racing de José por 3 a 0 y ganó el Metropolitano de 1967, el primero que se jugó, estableciendo cuál de los dos equipos de esa década era el mejor, el más ganador. En 1968 el Pincha tuvo que definir mano a mano el título ante San Lorenzo, que venció en la final al verdugo de Lanús por 2 a 1 en tiempo suplementario. Hagamos memoria: Lanús estuvo a punto de desplazar a Estudiantes en su cancha cuando después de estar 2 a 0 abajo, en el segundo tiempo logró empatar con dos goles de De Mario, uno de penal. En el tramo final el local ganó 4 a 2, ambos quedaron igualados en 24 puntos en el segundo puesto de la zona
“A”, pero el Pincha clasificó a semis por diferencia de gol. El holgado puntero de esa zona, San Lorenzo, sumó 36 y enfrentó al segundo de la zona “B”, River Plate, al que venció 3 a 1. La final fue contra Estudiantes, que había dejado atrás a Vélez Sarsfield, el puntero de la zona “B”, y le. Todos estos grandes partidos se jugaron en cancha neutral.
   En el Nacional del 77 se jugó la definición más heroica de la historia, aunque ya era a partido y revancha: Talleres de Córdoba había empatado en la ida en Avellaneda 1 a 1, y tenía todo como para festejar en su cancha. El partido estaba igualado en 1, Talleres marca el gol que lo clasificaba a los 25 del complemento, los jugadores de Independiente reclaman airadamente que fue con la mano, al Rojo le echaron tres jugadores y los ocho restantes estuvieron a punto de retirarse. “Jueguen, no sean cagones, se puede ganar” gritó con autoridad el entrenador José Omar Pastoriza, y a siete del final se produjo la jugada milagrosa que Bochini transformó en título y leyenda. Las finales que siguieron hasta 1976 fueron todas a partido y revancha.
   Ferro Carril Oeste ganó dos títulos de Primera, el Nacional 1982 y el de 1984. En el primer caso, el equipo de Griguol empató con Quilmes en Guido y Sarmiento, al que venció en Caballito por 2 a 0. Dos años después venció  a River en el Monumental por un contundente 3 a 0  y volvió a superarlo en Ferro 1 a 0, esa fue la mayor contundencia de un equipo chico sobre uno grande. Desde el último Nacional disputado en 1985, que Argentinos le ganó a Vélez en cancha de River, sólo hubo una final mano a mano a partido y revancha: fue en el 86, cuando comenzaron los torneos  Apertura y Clausura, y por única vez hubo un solo campeón: Newell’s se consagró en la Bombonera por penales, después de que cada uno ganara su partido de local por 1 a 0. Pero finales mano a mano a un sólo partido, desde el River - Boca del 76  en cancha de Racing, con el zapatazo de Suñé y el candor de Fillol, al que agarró armando la barrera contra un palo, hay que llegar a 2006, cuando a Boca le agarró la peor cagadera de su vida. Venía puntero cómodo, perdió con Belgrano en Córdoba en la anteúltima y Lanús lo derrotó en la Boca en la jornada final por un 2 a 1 indiscutible que desató la feroz desaparición de miles de remeras con la leyenda Boca Tricampeón, cuyo paradero hoy sigue siendo una incógnita, un acertijo aún por develar, ya que muy pocas de ellas se vieron en el partido disputado pocos días después en Liniers ante el Pincha de Sabella, que ganando los últimos tres había alcanzado al equipo de Lavolpe. Boca ganaba 1 a 0, la diarrea siguió y Estudiantes lo dio vuelta en el tramo final. Para el Bigotón, en la Boca no hubo ni habrá nunca ni olvido ni perdón.
   Ninguno de estas finales puede compararse con la victoria que los Granates llevamos para siempre en las retinas, desplegando en el terreno el mejor futbol de nuestra historia y poblando medio estadio Monumental con nuestra esperanza, el Lanús de Jorge Almirón bailó a San Lorenzo por 4 a 0 y construyó la victoria más grande da la vida del club, la única que se festejó en el Obelisco. De yapa, el 14 de agosto de ese mismo año llegó la victoria agónica ante Racing en el Cilindro para ganar la Copa del Bicentenario y el 4 de febrero de 2017 con el 3 a 0 a River en el Ciudad de La Plata que nos dejó en las vitrinas la Supercopa Argentina.
“Yo soy de Madariaga y Arias, nací enfrente de la casa de José Nazionale, y de chiquito iba a la cancha de local con mi papá y a veces también de visitante.  Él era fana de Lanús, pero falleció en 1975, poco después de adquirir el Bono Patrimonial de la Ciudad Deportiva. No sólo no llegó a verlo campeón. Tampoco llegó a verlo en la C. Pienso en su hermano, mi tío Salvador, el capitán del equipo del 49 al que la AFA mandó al descenso de manera desvergonzada. Él lo vio campeón de la Conmebol, pero murió poco antes de 2007. Mi abuela materna era fana: era la hermana mayor de los hermanos Carlos y Pepe Volante, ambos jugadores de Lanús, el segundo además fue entrenador y presidente del club. En total eran 7 hermanos, y ninguno llegó a verlo campeón. La historia de Lanús se partió en dos del 2007 en adelante” les digo con tristeza a mis amigos Santiago y Alejandro una mañana de sábado, tomando un café en Vía Verona, el bar de Margarita y O`Higgins que hizo famoso Ramón Cabrero. Después de un largo silencio, uno de ellos agregó tímidamente: “Peor me pasó a mí con mi hijo menor, el que nació en el año 2000. Lo llevé a la Bombonera en diciembre de 2007, estuvo en La Fortaleza cuando ganamos la Sudamericana 2013, estuvo en River cuando dimos la vuelta olímpica contra San Lorenzo, festejó en la final con Racing y también  con River en La Plata, lo llevé a Brasil a ver la ida con el Gremio y volvió convencido de que lo dábamos vuelta el día que perdimos la final acá, el muy turro rompió el carnet y hasta hoy no volvió a pisar la cancha. Y eso no es lo peor: se hizo hincha de Pucará y ni loco se pierde un partido…”