Hay hazañas que desafían la lógica del presupuesto y se asientan en la mística del sentido de pertenencia. Lo que Lanús acaba de lograr en el Maracaná ante Flamengo no es sólo un título más para las vitrinas; es el triunfo de un modelo, de una identidad y de un rincón del conurbano que hoy se siente el centro del mundo futbolístico. Ganar en el templo sagrado de Río de Janeiro, ante el gigante más poderoso del continente, requiere algo más que táctica: requiere el temple que se forja en Guidi y Cabrero. Ver esa camiseta granate imponerse entre la multitud carioca fue un acto de justicia poética para un club que hace años dejó de ser "el equipo revelación" para convertirse en una realidad ineludible del fútbol sudamericano. Esta Recopa es el premio a los que no se olvidan de dónde vienen. Es para el vecino que cuida el club, para el pibe de inferiores que sueña con esta noche y para una dirigencia que entiende que la grandeza se construye con paciencia y ladrillos, no sólo con promesas. Lanús ya no sólo "orgullece a su ciudad"; con el Maracanazo bajo el brazo, le recuerda a todo el fútbol argentino que el barrio, cuando se organiza y se anima a soñar, no tiene techos.
Salud, Granate. El continente te queda pintado.
Roberto Peláez
