sábado, 4 de julio de 2026

Cuando Lanús era barrio


por Tito Narosky

                                                   Barrio de tango, luna y misterio,

                                                   desde el recuerdo te vuelvo a ver

                                                                                                 -Homero Manzi

1ª parte

Esta es buena parte de mi historia, y descubro aquí cuánto de ella está ligada al barrio de Lanús.

Nací en Bahía Blanca en junio de 1932, aunque por supuesto no lo tengo presente. Tampoco, que me trajeran con meses a este suburbio capitalino, para amucharnos en una covacha de la diagonal Santa Clara (hoyLópez y Planes). Como todos los recuerdos de mi infancia son lanusenses, puede decirse con verdad que éste es mi origen. Por entonces, gobernaba el país el general Agustín P. Justo quien, en el año de mi nacimiento, en fórmula con Julio A. Roca (h) y con apoyo del gobierno de Uriburu, había derrotado a la que integraban Lisandro De la Torre y Nicolás Repetto. El gobierno de Justo, entregó el poder en 1938 a quienes lo sucedieron: Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo. Ya la presidencia de Ortiz se corresponde con mis recuerdos.

Pero retrocedamos un poco. De Santa Clara nos mudamos a una pequeña vivienda en la calle Pringles, también de Lanús Este, frente al club Gimnasia y Esgrima de Lanús, que comenzó la construcción de su nueva sede por entonces. Muchos años después se fusionó con el Club Santa Paula y hoy constituye el Social Lanús, en ese mismo lugar. Fue allí, con tres años, en que nacen mis primeras anécdotas. Amigos y vecinos van adquiriendo nombres y características.

Mi padre había quedado sin trabajo en Bahía Blanca, donde era encargado en la confitería de

su concuñado, presumo a causa de la crisis del treinta, e intenta, en este suburbio bonaerense de donde escribo, encontrarle la vuelta a la vida y al sostén de su familia con cuatro hijos: Adelino, 15 años mayor,Lila que me llevaba 11 y José, con 7 años de diferencia.

Al comienzo León, este es su nombre, viajaba a diario en tranvía hasta Constitución, empleado en la confitería Pim Pum, pero luego armó una pequeña sociedad con José Gamarnik y así afrontó mejor el peligro de la miseria.

Esto alrededor de 1934, cuando aún estaba fresca la tragedia del tranvía que, en julio de 1930 y haciendo el recorrido Lanús-Plaza Constitución, se precipitó al ya maloliente Riachuelo en el Puente Bosch, cobrándose más de cincuenta víctimas. Viaje que también yo repetiría en los tranvías 28 o 29, desde 1944 a 1950, para cursar el secundario en la Escuela Industrial de la Nación Nº 3, de Barracas.

Tengo el recuerdo de otra historia de tranvías; lástima que no le pregunté a mi padre la fecha de su visita a Lanús, años antes de instalarse con la familia. Según su relato, entonces, por la plazoleta central de la avenida Pavón, que bien conocí, los tranvías que circulaban eran tirados por caballos.

En mi casa, como en las de todas las familias humildes que habitaban el Lanús obrero, se utilizaban fórmulas para gambetear la pobreza. La feria era una de ellas. Sin seguridad y sin tener a quien consultar al respecto, creo que la que mi mamá visitaba estaba en la calle 29 de Setiembre, por entonces San Juan. Iba conmigo, su hijo de tres años. Lo recuerdo por un suceso. No sé cómo ocurrió, si solté su mano o…, el hecho fue que me sentí abandonado del mundo. Llorando, me acerqué a una señora, como se me había enseñado, y le dije donde vivía, en la calle Pringles. Fui con la mujer hasta su vivienda, donde depositó sus compras, y me acompañó a casa. Nunca hablé con mi madre sobre cómo vivió ella la situación.

Otro de los mecanismos habituales en aquellos años sin inflación, y al tiempo de frágil economía popular, era la libreta del almacenero. El comerciante del barrio anotaba en ella, y en otra que guardaba, el importe de lo adquirido por la clienta, cuya suma mensual se abonaba cuando el marido cobrara su salario. Un pequeño crédito basado en la confianza.  Era natural que, a esa edad, no entendiera el funcionamiento del sistema, pero en cambio, escuché muchas veces la dificultad que significaba su pago. Y encontré un método sencillo para solucionarlo, que al parecer los adultos no habían descubierto. Simplemente, escondí la libreta. Desaparecida ésta, pensé, se terminaría el problema. No entendí por qué se buscó tan afanosamente un objeto que nos perjudicaba. Al fin tuve que confesar mi acción. No creo haberlo pensado entonces, pero ¿sería por ese afán, que nos persigue a todos en la familia, de pagar religiosamente nuestras deudas, aún hoy?

De la estrecha vivienda de la calle Pringles, pasamos a una más alejada pero amplia, en Moreno 999, esquina Beguerestain (hoy Concejal Noya), donde había un salón en el que por un tiempo funcionó un almacencito atendido por Sofía, mi madre. Desde entonces, Lanús Este pasó para nosotros a denominarse simplemente “el otro lado”. A una cuadra, en Moreno al 800funcionaba, desde 1924, la sede de los bomberos voluntarios, y al 1000, vivía el doctor Alfredo Carri, generoso profesional cuyo busto adorna la entrada de aquella remozada institución.

Una pequeña anécdota referida a este médico. Estando yo con alta fiebre, se lo llamó en consulta, como era habitual en aquellos tiempos. Concretada la visita, mi madre, para abonarle, vació la alcancía con monedas. Carri, intuyendo la dificultad económica de mi familia, se negó terminantemente a recibir el dinero. “Otra vez, señora, otra vez…”, dijo mientras se retiraba.

Al lado, por Beguerestain, un chico italiano -Vinccenzo- tenía un par de vacas, con las que repartía leche. Seguramente ya existirían lecheros en carro, pero había quienes preferían beberla así, tibia y recién servida “al pie de la vaca”. De pasteurización ni se hablaba aún. Recuerdo que por entonces un viejo rengo me enseñaba a leer, pagando con un terrón de azúcar las señales de progreso. El viejito en cuestión, según mi hermana, tendría unos 17 años.

De aquella casa recuerdo también un palán palán, con cuyas hojas mi madre curaba los raspones que me producían mis andanzas. En esos tiemposlos adolescentes jugaban a un deporte para pobres, que no creo se siga practicando, que utilizaba un palo para pegarle a otro menor llamado pío. Otro juego de entonces consistía en llevar rodando alguna vieja rueda de triciclo, manejada con un alambre. Ah, y hablábamos por teléfono con dos latas de conserva vacías unidas por un hilo. La voz así se trasmitía aumentada.

En febrero de 1936, con tres años, mis padres me llevaron a la avenida Corrientes, donde, sin entender, vi la carroza que transportaba el féretro del ídolo popular Carlos Gardel, hasta su morada definitiva en la Chacarita. El recuerdo es borroso, pero no así el de sus canciones, que entonaban mis hermanos, todos de buen oído, pero que retengo más en la modulada voz de mi hermana Lila.

En 1937 nos mudamos a una casita con jardín, cerca de la estación, en la calle Olivieri249 (hoy Piñeiro), a metros del culto evangelista, mientras en la esquina de 2 de Mayo, se remodelaba la iglesia San Judas Tadeo. Un nuevo progreso: dejábamos atrás la cocina a carbón pues ahora mi madre dispondría de supergas, contenido en enormes garrafas que duraban meses. Y el barrio, siempre de casas chatas, podría considerarse de clase media. Tan es así que enfrente vino a vivir el actor cómico Francisco Álvarez, no tan famoso como Luis Sandrini o Pepe Arias, pero que a menudo aparecía en las comedias cinematográficas. También guardo la imagen de mi hermano mayor, con uniforme, pues durante 1938, cumplió su servicio militar en el Regimiento 2 de Infantería en Palermo. Recuerdo con desagrado el Dispensario Municipal, en Sarmiento y Tucumán, donde me aplicaban horribles inyecciones de hígado o de calcio, suponiendo una deficiencia alimentaria. Hoy, en ese hermoso edificio, funciona la Casa de la Cultura, donde alguna vez participé de un taller literario.

 Aunque el dato más importante de aquellos tiempos es que, en la esquina (Olivieri y Morón, hoy Piñeiro y Melo), donde se estableció luego la familia Díaz Pérez, vivía Eduardo Carcañá, “Eduardito”, mi amigo y maestro hasta su fallecimiento en Mar del Plata, hace algunos años. Volamos juntos en viajes interplanetarios, extrajimos petróleo de su terreno, cuidamos un zoológico con animales en miniatura en mi terraza y coleccionamos líquidos de colores, indudable antecedente de mis estudios posteriores de Química. Y, en un plano más real, en 1939 hicimos juntos el primer grado inferior en la Escuela 63, el “Bierzo grande”, en la esquina de Ministro Brin y Alcorta, donde aún funciona como instituto de enseñanza y donde, unos 80 años después, he vuelto para votar.

La familia de mi amigo alquilaba un saloncito a los hermanos Marcos y Emilio, quienes tenían una mercería. Allí, leyendo “la Crítica”, que me mostraban casi a diario, me fui enterando del desarrollode la 2ª Guerra Mundial, que mis padres, Sofía y León, seguían a través de la radio, que también escuchaba yo. De allí que, con 8 años, las maestras me mandasen a los grados superiores, cuando faltaban las suyas, a explicar los pormenores de la contienda.

Segundo y tercer grado, los hice en la Escuela 72 de la calle Monroe (hoy Gardel) al 300. Evité así, en una escuela provincial, el primero superior que debía cursar en el Bierzo, perteneciente a la Nación. De este modo comencé una carrera, alentado por mi hermano Adelino, por llegar antes ¿a dónde?

La vivienda de Olivieri tenía una bonita terraza, donde la familia dormía en las noches veraniegas, gozando la gratuidad de la brisa nocturna. También en esa terraza me hallé muchas veces peleando contra las mangas de langostas que asolaban los sembrados e invadían los pueblos, o cazando esas abundantes mariposas, blancas, anaranjadas y amarillas que, en general, eran la isoca de la alfalfa. Con venenos, se eliminó luego la larva de la isoca, pero desaparecieron sus bonitas mariposas. Mientras, en los cielos del Lanús de un piso de entonces, realizaba piruetas aéreas la arriesgada aviadora Carola Lorenzini, nacida en Alejandro Korn a fines del siglo XIX, como mi padre en la lejana Lituania y mi madre, en Ucrania.

                                                                              (Continuará)