por Tito Narosky
Barrio de tango, luna y misterio,
desde
el recuerdo te vuelvo a ver
-Homero Manzi
1ª
parte
Esta
es buena parte de mi historia, y descubro aquí cuánto de ella está ligada al
barrio de Lanús.
Nací
en Bahía Blanca en junio de 1932, aunque por supuesto no lo tengo presente.
Tampoco, que me trajeran con meses a este suburbio capitalino, para amucharnos
en una covacha de la diagonal Santa Clara (hoyLópez y Planes). Como todos los
recuerdos de mi infancia son lanusenses, puede decirse con verdad que éste es mi
origen. Por entonces, gobernaba el país el general Agustín P. Justo quien, en
el año de mi nacimiento, en fórmula con Julio A. Roca (h) y con apoyo del
gobierno de Uriburu, había derrotado a la que integraban Lisandro De la Torre y
Nicolás Repetto. El gobierno de Justo, entregó el poder en 1938 a quienes lo
sucedieron: Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo. Ya la presidencia de Ortiz se
corresponde con mis recuerdos.
Pero
retrocedamos un poco. De Santa Clara nos mudamos a una pequeña vivienda en la
calle Pringles, también de Lanús Este, frente al club Gimnasia y Esgrima de
Lanús, que comenzó la construcción de su nueva sede por entonces. Muchos años
después se fusionó con el Club Santa Paula y hoy constituye el Social Lanús, en
ese mismo lugar. Fue allí, con tres años, en que nacen mis primeras anécdotas.
Amigos y vecinos van adquiriendo nombres y características.
Mi padre había quedado sin trabajo en Bahía Blanca, donde era encargado en la confitería de
su concuñado, presumo a causa de la crisis del treinta, e intenta, en este suburbio bonaerense de donde escribo, encontrarle la vuelta a la vida y al sostén de su familia con cuatro hijos: Adelino, 15 años mayor,Lila que me llevaba 11 y José, con 7 años de diferencia.Al
comienzo León, este es su nombre, viajaba a diario en tranvía hasta
Constitución, empleado en la confitería Pim Pum, pero luego armó una pequeña
sociedad con José Gamarnik y así afrontó mejor el peligro de la miseria.
Esto
alrededor de 1934, cuando aún estaba fresca la tragedia del tranvía que, en
julio de 1930 y haciendo el recorrido Lanús-Plaza Constitución, se precipitó al
ya maloliente Riachuelo en el Puente Bosch, cobrándose más de cincuenta
víctimas. Viaje que también yo repetiría en los tranvías 28 o 29, desde 1944 a
1950, para cursar el secundario en la Escuela Industrial de la Nación Nº 3, de
Barracas.
Tengo
el recuerdo de otra historia de tranvías; lástima que no le pregunté a mi padre
la fecha de su visita a Lanús, años antes de instalarse con la familia. Según
su relato, entonces, por la plazoleta central de la avenida Pavón, que bien
conocí, los tranvías que circulaban eran tirados por caballos.
En
mi casa, como en las de todas las familias humildes que habitaban el Lanús
obrero, se utilizaban fórmulas para gambetear la pobreza. La feria era una de
ellas. Sin seguridad y sin tener a quien consultar al respecto, creo que la que
mi mamá visitaba estaba en la calle 29 de Setiembre, por entonces San Juan. Iba
conmigo, su hijo de tres años. Lo recuerdo por un suceso. No sé cómo ocurrió,
si solté su mano o…, el hecho fue que me sentí abandonado del mundo. Llorando,
me acerqué a una señora, como se me había enseñado, y le dije donde vivía, en
la calle Pringles. Fui con la mujer hasta su vivienda, donde depositó sus
compras, y me acompañó a casa. Nunca hablé con mi madre sobre cómo vivió ella
la situación.
Otro
de los mecanismos habituales en aquellos años sin inflación, y al tiempo de
frágil economía popular, era la libreta del almacenero. El comerciante del
barrio anotaba en ella, y en otra que guardaba, el importe de lo adquirido por
la clienta, cuya suma mensual se abonaba cuando el marido cobrara su salario.
Un pequeño crédito basado en la confianza.
Era natural que, a esa edad, no entendiera el funcionamiento del
sistema, pero en cambio, escuché muchas veces la dificultad que significaba su
pago. Y encontré un método sencillo para solucionarlo, que al parecer los
adultos no habían descubierto. Simplemente, escondí la libreta. Desaparecida
ésta, pensé, se terminaría el problema. No entendí por qué se buscó tan
afanosamente un objeto que nos perjudicaba. Al fin tuve que confesar mi acción.
No creo haberlo pensado entonces, pero ¿sería por ese afán, que nos persigue a
todos en la familia, de pagar religiosamente nuestras deudas, aún hoy?
De
la estrecha vivienda de la calle Pringles, pasamos a una más alejada pero
amplia, en Moreno 999, esquina Beguerestain (hoy Concejal Noya), donde había un
salón en el que por un tiempo funcionó un almacencito atendido por Sofía, mi
madre. Desde entonces, Lanús Este pasó para nosotros a denominarse simplemente
“el otro lado”. A una cuadra, en Moreno al 800funcionaba, desde 1924, la sede
de los bomberos voluntarios, y al 1000, vivía el doctor Alfredo Carri, generoso
profesional cuyo busto adorna la entrada de aquella remozada institución.
Una
pequeña anécdota referida a este médico. Estando yo con alta fiebre, se lo
llamó en consulta, como era habitual en aquellos tiempos. Concretada la visita,
mi madre, para abonarle, vació la alcancía con monedas. Carri, intuyendo la
dificultad económica de mi familia, se negó terminantemente a recibir el
dinero. “Otra vez, señora, otra vez…”, dijo mientras se retiraba.
Al
lado, por Beguerestain, un chico italiano -Vinccenzo- tenía un par de vacas, con
las que repartía leche. Seguramente ya existirían lecheros en carro, pero había
quienes preferían beberla así, tibia y recién servida “al pie de la vaca”. De
pasteurización ni se hablaba aún. Recuerdo que por entonces un viejo rengo me
enseñaba a leer, pagando con un terrón de azúcar las señales de progreso. El
viejito en cuestión, según mi hermana, tendría unos 17 años.
De
aquella casa recuerdo también un palán palán, con cuyas hojas mi madre curaba
los raspones que me producían mis andanzas. En esos tiemposlos adolescentes
jugaban a un deporte para pobres, que no creo se siga practicando, que
utilizaba un palo para pegarle a otro menor llamado pío. Otro juego de entonces
consistía en llevar rodando alguna vieja rueda de triciclo, manejada con un
alambre. Ah, y hablábamos por teléfono con dos latas de conserva vacías unidas
por un hilo. La voz así se trasmitía aumentada.
En
febrero de 1936, con tres años, mis padres me llevaron a la avenida Corrientes,
donde, sin entender, vi la carroza que transportaba el féretro del ídolo
popular Carlos Gardel, hasta su morada definitiva en la Chacarita. El recuerdo
es borroso, pero no así el de sus canciones, que entonaban mis hermanos, todos
de buen oído, pero que retengo más en la modulada voz de mi hermana Lila.
En
1937 nos mudamos a una casita con jardín, cerca de la estación, en la calle
Olivieri249 (hoy Piñeiro), a metros del culto evangelista, mientras en la
esquina de 2 de Mayo, se remodelaba la iglesia San Judas Tadeo. Un nuevo
progreso: dejábamos atrás la cocina a carbón pues ahora mi madre dispondría de
supergas, contenido en enormes garrafas que duraban meses. Y el barrio, siempre
de casas chatas, podría considerarse de clase media. Tan es así que enfrente
vino a vivir el actor cómico Francisco Álvarez, no tan famoso como Luis
Sandrini o Pepe Arias, pero que a menudo aparecía en las comedias
cinematográficas. También guardo la imagen de mi hermano mayor, con uniforme,
pues durante 1938, cumplió su servicio militar en el Regimiento 2 de Infantería
en Palermo. Recuerdo con desagrado el Dispensario Municipal, en Sarmiento y
Tucumán, donde me aplicaban horribles inyecciones de hígado o de calcio,
suponiendo una deficiencia alimentaria. Hoy, en ese hermoso edificio, funciona
la Casa de la Cultura, donde alguna vez participé de un taller literario.
Aunque el dato más importante de aquellos
tiempos es que, en la esquina (Olivieri y Morón, hoy Piñeiro y Melo), donde se
estableció luego la familia Díaz Pérez, vivía Eduardo Carcañá, “Eduardito”, mi
amigo y maestro hasta su fallecimiento en Mar del Plata, hace algunos años. Volamos
juntos en viajes interplanetarios, extrajimos petróleo de su terreno, cuidamos
un zoológico con animales en miniatura en mi terraza y coleccionamos líquidos
de colores, indudable antecedente de mis estudios posteriores de Química. Y, en
un plano más real, en 1939 hicimos juntos el primer grado inferior en la Escuela
63, el “Bierzo grande”, en la esquina de Ministro Brin y Alcorta, donde aún
funciona como instituto de enseñanza y donde, unos 80 años después, he vuelto
para votar.
La
familia de mi amigo alquilaba un saloncito a los hermanos Marcos y Emilio, quienes
tenían una mercería. Allí, leyendo “la Crítica”, que me mostraban casi a diario,
me fui enterando del desarrollode la 2ª Guerra Mundial, que mis padres, Sofía y
León, seguían a través de la radio, que también escuchaba yo. De allí que, con
8 años, las maestras me mandasen a los grados superiores, cuando faltaban las
suyas, a explicar los pormenores de la contienda.
Segundo
y tercer grado, los hice en la Escuela 72 de la calle Monroe (hoy Gardel) al
300. Evité así, en una escuela provincial, el primero superior que debía cursar
en el Bierzo, perteneciente a la Nación. De este modo comencé una carrera,
alentado por mi hermano Adelino, por llegar antes ¿a dónde?
La
vivienda de Olivieri tenía una bonita terraza, donde la familia dormía en las
noches veraniegas, gozando la gratuidad de la brisa nocturna. También en esa
terraza me hallé muchas veces peleando contra las mangas de langostas que
asolaban los sembrados e invadían los pueblos, o cazando esas abundantes mariposas,
blancas, anaranjadas y amarillas que, en general, eran la isoca de la alfalfa. Con
venenos, se eliminó luego la larva de la isoca, pero desaparecieron sus bonitas
mariposas. Mientras, en los cielos del Lanús de un piso de entonces, realizaba
piruetas aéreas la arriesgada aviadora Carola Lorenzini, nacida en Alejandro
Korn a fines del siglo XIX, como mi padre en la lejana Lituania y mi madre, en Ucrania.
(Continuará)
