sábado, 25 de julio de 2026

Cuando Lanús era barrio


por Tito Narosky

4ª y última parte

Más constante en su fanatismo por el fútbol de Lanús, desde joven a adulto, mi hermano José no se perdía ningún partido. Y cuenta una interesante anécdota de su adolescencia. Jugaban, digamos, Lanús y Ferro y a él le costaba distinguir qué jugadores eran de uno u otro equipo. “¿Por qué no se cambiarán las camisetas; así se confunden?” le comentó a su compañero. “No, para nada”, le respondió éste. En busca de apoyo inquirió a otro hincha: “¿No es cierto que las camisetas se parecen?”. “¿Qué tomaste antes de venir?”, se burló el nuevo consultado. Recién entonces, José se dio cuenta de que era daltónico, como Adelino. Por suerte, no como yo.  Sin embargo, y pese a que no veía diferencia entre el granate de la camiseta de su club y el verde de Banfield, su eterno rival, en algún momento, cuando mi hermano dirigía su importante escribanía en la avenida Yrigoyen (¿acaso necesito decirlo?) y era aclamado como escritor de aforismos, se le ofreció presentarse como candidato a presidente de la institución, por una lista de concertación. Su falta de vocación de dirigente hizo que declinara tal distinción.

Ya conté que mi hermano Adelino, pulcro y confiable vendedor en Mateo Castro, cobraba interesantes comisiones, mientras no le iban demasiado en zaga mi padre y mi hermano José, quien recorría su zona cuando su carrera universitaria le daba algún respiro. Tiempo después adquirió un auto, creo que un Ford 39, para su recorrido. La fábrica de licores en la que trabajaban tenía dos socios: José Dios y Piccardo. Este último era el químico, y Dios, a

quien Adelino recurría en busca de apoyo, el que manejaba los aspectos comerciales. Había
también algún funcionario intermedio, pero al parecer no brillaban por su ingenio. Por eso, y sé que me adelanto algunos años, a la muerte de Dios, la empresa, con la ineficiente dirección de Piccardo y de Dios (hijo), comenzó una declinación, hasta que el despido de sus mejores vendedores sin indemnizarlos (mis tres familiares entre estos), fue el golpe final para una importante y próspera empresa lanusense. Y el de nuestros sueños futboleros pues, cuando el hijo de Dios se casó, construyó un lindo chalé, justo en nuestra cuadra, en el terreno donde lo practicábamos, en el último potrero del barrio.

Pero retrocedamos otra vez y descubramos el vínculo indestructible de mi familia, con nuestra ciudad. En octubre de 1945, se casa mi hermana Lila con un estudiante de medicina que vive en Villa Industriales, y alquilan una casita en Moreno al 100, a la vuelta de nuestra vivienda.En junio de 1947 se casa mi hermano mayor con una muchacha, también de Villa Industriales. Su primer hogar lo establecen en Del Valle Iberlucea casi Moreno. José, tiempo después, elige una compañera cuyo padre tiene un almacén en José C. Paz (hoy 9 de Julio) de Lanús Este y, al abandonar nuestra casa de Carlos Tejedor, alquilan una confortable vivienda en la esquina de Moreno e Iberlucea. Por fin yo, elijo como pareja una piba de Lomas de Zamora, aunque la conocí en Lanús, y alquilamos un departamento en Vélez Sarsfield 2500, a metros de donde vivo actualmente. Fidelidad absoluta. Y no quiero seguir adelantándome, pero sé que, junto a nuestro progreso material, las casas propias de Adelino, Lila, y mis padres, la escribanía de José, la escuela de arte de mi primera esposa, etcétera, se hicieron sobre la avenida por entonces llamada Pavón ¡Claro, en Lanús! ¿Dónde iba a ser si no?

 Si bien, mi padre y sus dos hijos mayores fueron despedidos de su trabajo a un tiempo y sin indemnización, a mediados de 1949, no percibí en mi familia conmoción alguna, mientras yo cursaba el primer año de la especialidad Química. Sin embargo, antes, en el crudo invierno del '48, había ocurrido un hecho que pudo cambiar todo el curso de los acontecimientos y de seguro, impedido que escriba estas líneas. Concurrí, tal vez algo resfriado, al desfile militar del 25 de Mayo.  Luego, se me confunden los tiempos y las ideas. Tuve gripe, alta fiebre con convulsiones, sarampión, enfermedad riesgosa con quince años y luego (de esto me enteré después) meningo-encefalitis. El coma resultante duró una semana e incluyó mi cumpleaños número dieciséis. El coma es un sueño profundo y neutro, que imagino similar a la muerte, la que por cierto estuvo rondando mi camino. Desperté amnésico, no solo sin pasado, sino verbalizando mal, confundiendo personas y objetos, preocupado por la interrumpida carrera de técnico químico, pero sin lenguaje para señalarlo. Meses después estaba totalmente recuperado, pese a que el neurólogo sugirió que deje de lado cualquier esfuerzo intelectual. Y años después, con 92 junios, me animé, no sé si acertadamente, a recrear en estas páginas la historia de un pasado, tan ligado al barrio de Lanús. La amnesia que es olvido puro, me parece totalmente olvidada.

En 1948 entonces, debí interrumpir mis estudios, para retomarlos un año después. Pero no hubo pérdida sino ganancia. Me acerqué a una institución juvenil judía -¡claro, en Lanús!- que funcionaba en la sinagoga de la calle Viamonte al 1900, hoy desaparecida. Allí conocí jóvenes maravillosos, de condición humilde pero luchadores, serios, profundos, con ideales. Y en los pocos meses que dispuse, antes de retornar a mi absorbente carrera, obtuve una cosmovisión que aún me acompaña. En setiembre de 1949 inauguramos el flamante chalecito de Adelino, la primera casa propia de la familia, en la calle Seguí (sin asfaltar y sin salida), detrás de la estación de trolebuses, predio que ocupa en la actualidad el edificio municipal. Allí, en octubre,mi padre y hermanos, inician la preparación de unas baterías de cocina, de aluminio, envueltas en celofán, que salen a vender a sus antiguos clientes, y que luego entregan con el automóvil de José. Ya han hallado un camino y el núcleo original de lo que será en el futuro el “Palacio del Aluminio”. Con la audacia de mi hermano José y la visión comercial de nuestro padre y de Adelino, en la avenida Pavón, prácticamente intransitable por remodelación (se quitaron los viejos adoquines, se eliminó la plazoleta central y se levantaron las vías) en enero de 1950, Año del Libertador General San Martín, como había que escribir en todo documento, mi familia alquila un local entre Rio Bamba y Ramos,apostando al futuro. Hay que abonar una llave en cuotas y afrontar un alto alquiler para nuestras menguadas posibilidades, pero que se haría imposible, si la avenida tuviese un tránsito normal. Tras la Segunda Guerra Mundial, los hambreados países de Europa adquieren, a buen precio, los productos agropecuarios que Argentina produce. Se vive un período de bonanza. Con esta perspectiva, el conocimiento que los tres poseen en el arte de la venta, y pensando en convencer a sus viejos clientes de adicionar menaje de aluminio a los almacenes de barrio, sin dinero propio, pero con lo prestado generosamente por un amigo de Adelino, se lanzan a la aventura de mantener dos hogares y los estudios de José y el mío, que concluye ese año. Poseemos el diario del lunes. Conocemos el resultado. La industrialización no decae y la obra pública florece. Aunque la extrema bonanza va decayendo, la venta de menaje genera bienestar familiar. Los excelentes vendedores para una empresa ajena, lo son, mejores aún, en la propia. Pronto se devuelve el préstamo y pronto también, la avenida remozada con pequeños adoquines y sin plazoleta, recupera su ritmo. Imitando en cierto modo el estilo de Gorrini, un exitoso almacén de la avenida Pavón, que adquiere como mayorista y vende por menor, el Palacio del Aluminio, con un brillante comprador como Adelino, consigue la mercadería en las más eficientes fábricas, y la vende a revendedores, y al público, en su expuesto local. Se compra la gran pava que aún, como símbolo, adorna el frente del local propio, en el 4200 de la misma avenida (sé que me adelanto muchos años), se adquieren originales artículos exclusivos, se inventan otros y, paso a paso, se van incorporando productos industriales, para al fin, modificar el perfil de la empresa.

Confesaré un pecado de juventud. En aquellos tiempos, viendo el entusiasmo de mi padre de 59 años (la jubilación era a los 60) por el nuevo emprendimiento, me pregunté cuánto podría permanecer en él. La respuesta la dio el futuro. Treinta y dos años más tarde, a los 92, aún oficiaba de cajero.  Completada mi tecnicatura química con 18 años, quedaban dos para el servicio militar, que por entonces se cumplía a los 20. Nadie estaba dispuesto a tomar personal sin ese requisito. Entonces, “provisoriamente” empecé a trabajar como cadete en la empresa familiar.  Lo provisorio sigue vigente en mi inconsciente, porque jamás quise ser comerciante, pese a que, mientras escribo estas líneas, se cumplen 75 años de labor en este mismo puesto. ¿Acaso me engañé cuando dije “por ahora”? Realmente no tengo respuesta segura. En 1951, se recibe de médico mi cuñado, Simón Grebnicoff, quien sería más tarde jefe de Pediatría en el Hospital Evita de Lanús, moderno establecimiento sanitario inaugurado al año siguiente, en agosto de 1952.Tiempo después, en ese hospital, ha de nacer el ídolo futbolístico Diego Armando Maradona. En octubre comienza a emitir la televisión argentina, por supuesto en blanco y negro. Un niño de hoy preguntaría cómo resistió la humanidad hasta entonces, sin TV.Y sin embargo resistimos. En noviembre del '51, la fórmula Perón-Quijano se impuso a la que componían Balbín y Frondizi. Por vez primera participan las mujeres en las elecciones.

En 1952, soy sorteado para el servicio militar. En julio, ocurre un hecho luctuoso que conmueve a gran parte de la población argentina: muere, con 33 jóvenes años, María Eva Duarte de Perón, “Evita”. En 1953 cumplo varios meses de instrucción en El Palomar y luego, soy trasladado al laboratorio de la Dirección de Intendencia Aeronáutica, en la calle Parera del barrio de Retiro. Por las tardes, concurro al Palacio del Aluminio. Una historia referida a este destino militar: Recién incorporado, preguntaron quién sabía manejar; tímidamente levanté la mano entre muchos. Luego inquirieron quienes, de nosotros, vivía en el sur del Gran Buenos Aires. Quedamos dos. Un joven de Quilmes y yo. Me eligieron a mí, porque el Brigadier Bianchi, nada menos que el director general, era vecino de nuestra ciudad. Me atemorizaron su lujoso automóvil importado y sus galones, así que, por esa única vez, el amable oficial conduciría él, acercándome a mi casa. Luego, su chofer sería mi compañero quilmeño. Bianchi vivía en Lanús Este y las barreras, tanto la de Tucumán como la de Caaguazú (hoy Eva Perón), demoraban el cruce, al paso de los habituales trenes de carga. Actualmente existen dos modernos pasos a nivel y un puente sobre nivel, en el límite con Gerli.

Me da pena, pero 1954 es el fin de esta pequeña historia familiar, casi personal, entroncada con la de mi querido barrio. ¿Por qué elegí, desde el primer momento, este año para poner un colofón al relato? Sería un hecho intrascendente, hoy en día, en que nuestra populosa barriada está inundada de grandes edificios; pero no entonces. El Lanús obrero y fabril, el Lanús chato, orlado de potreros donde los pibes jugábamos al futbol, daba paso a la ciudad moderna y pujante de la actualidad. El símbolo fue el primer edificio en altura, de nada menos que cinco pisos, que los Schenone hicieron construir, en la avenida Pavón al 4200.

Y Lanús, desde entonces, dejó de ser barrio.