por Tito Narosky
3ª parte
Como en la alquilada casa de Tejedor 209 viví dieciséis años, son muchísimos los recuerdos que, necesariamente, debo seleccionar. Ya referí que el juego principal, para nosotros, era el fútbol, pero también nos entretenían el vigi-ladrón, las bolitas, el balero, el yo-yo, el dinenti o payana y, sobre todo, las carreras de barquitos, que recuerdo con emoción, y que solo podíamos desarrollar tras la lluvia, usando tallitos de paraíso, lanzados en una dificultosa travesía con obstáculos, por el “agua podrida” que se acumulaba junto a la vereda, debido a los deficientes o inexistentes desagües.¡La calesita! ¡Qué maravillosas imágenes me trae su nombre, en la esquina de Tejedor y Morón! Valerio, su dueño, me permitía darle manija a la vitrola que acompañaba con su musiquita, las interminables vueltas del caballo. Y hasta en alguna ocasión me permitió dar la sortija, tras indicarme a quien debía favorecer con la vuelta gratis. Pero mucho no duró y fue reemplazada, primero por un potrero, luego por un moderno chalé, y hoy por un importante comercio gastronómico, de los que ahora abundan en la zona. Respecto a vitrolas poseo dos recuerdos más: En casa había una muy vieja, a manija, en la que escuchábamos “Barrilito de cerveza” o “Amor en Budapest”, que se oían más veloces o más lentos si la cuerda fue recién dada o, por el contrario, cuando se iba agotando. El otro es la de una vitrolera, que pasaba discos y mostraba las piernas desde un entrepiso, en el Bar Japonés, hoy Las Palmas, en la concurrida esquina de la avenida Pavón y París, ahora 20 de octubre. Pero casi todo era por entonces al aire libre; el encierro era como una cárcel para los niños de aquellos tiempos. Tal vez haya jugado su papel, en ese sentido, la inseguridad. Ya no está diariamente en la esquina, ese simpático policía, amigo de los chicos, ni pasa en la noche “el sereno”, con el extraño sonido de su chifle.
También, de cuando en cuando, hacía sonar su flauta el afilador, y se hacían notar, de algún modo, el manicero, que tostaba sus maníes calientes; el barquillero, que sorteaba su
mercancía entre los chicos;el vendedor de lupines, de estridente voz. Y aparecían con diferente regularidad: el heladero Laponia; el lechero que llenaba el hervidor de cada clienta; ya mencioné al vaquero; y agrego el mimbrero, con un carro que llevaba un bazar a cuestas; el pescadero, que repartía la carga de sus dos canastas, sostenidas por una gruesa caña; el pavero que, si no yerro, lo veíamos más a fin de año, arriando su tropilla de pavos y pavas para que las mujeres elijan; el hielero, que repartía trozos de hielo para las pequeñas heladeras, antes de que se importaran primero y Siam fabricase después, esas maravillosas heladeras eléctricas. Mientras esto no ocurría, para las fiestas de fin de año, comprábamos una barra entera, que envolvíamos en arpillera, en un depósito que la Quilmes tenía en Pavón, me parece que entre Quintana y Miguel Cané. Estaba el vendedor de ropa a crédito, y el casi olvidado organillero con su cotorra, que adivinaba la suerte por una moneda. Sin duda olvido algunos oficios con que la gente, en un país rico, enfrentaba la pobreza.Argentina, según estudié en geografía, era el primer exportador mundial de lino y estaba entre los primeros en trigo, carnes congeladas y en pie, cueros, girasol, cebada. Pero, al menos en mi barrio, nadie era exportador y a las dificultades económicas había que afrontarlas con ingenio. Así fue que, mientras yo cursaba el secundario en el industrial, para ser algún día“ingeniero en motores diesel” (qué poco sabe uno de su propio destino), primero mi padre, abandonando su pyme de legumbres, y luego mi joven hermano José,al tiempo que estudiaba derecho, entraron, siguiendo los pasos de Adelino, como vendedores en diferentes plazas para la ya mencionada fábrica de licores. Pompeya, para el León de la familia, y Sarandí, para quien con el tiempo sería titular de una próspera escribanía y notable escritor de aforismos. Desde entonces, la grapa o el anís Clavel y el aguardiente anisado Mapa, entraron a diario en las conversaciones familiares, pese a que los cuatro hermanos éramos prácticamente abstemios. Mientras duró el cine Cervantes, y aún tiempo después, la amplísima terraza de la fábrica de licores, recibía, especialmente en Carnaval, nutrida concurrencia de jóvenes (yo era muy pequeño y nunca asistí) para los bailes que amenizaban famosas orquestas del momento, como las “tangueras”, de Juan D'arienzo o Francisco Canaro y la “característica”, de Feliciano Brunelli. El Carnaval tenía, en aquella época, singular relevancia. Me vi, como vi a mis amigos, disfrazado de holandés, de marinero, etcétera, pero descollaban los corsos a los que se volcaba la población entera. En general se hacían en José C. Paz, la arteria más importante comercialmente, ahora denominada 9 de Julio y, en alguna ocasión se celebró en la avenida 25 de Mayo, que con el tiempo comenzó a discutirle la distinción.
La avenida Pavón tenía una jerarquía diferente. Era la vía que conectaba las localidades de sur bonaerense (Temperley, Lomas, Banfield, Lanús) con la Capital Federal, a la que llamábamos Buenos Aires. Sus importantes comercios tendían a ser auxiliares de la industria, que siempre caracterizó a Lanús, pero que se hizo más evidente cuando la guerra limitó las importaciones y hubo una creciente sustitución de esos productos, incrementada por la política llevada a cabo por el gobierno de Perón, a partir de 1945. Pavón (todavía los antiguos pobladores la seguimos llamando así) era una avenida de dos carriles. Entre ambos, una ancha plazoleta donde circulaban los tranvías 28 de Temperley a Correo Central, y el 29, de igual origen, pero hasta Constitución. Las dos vías estaban adoquinadas con grandes adoquines algo desparejos y, si recuerdo bien, podíamos elegir entre el rojo Cañuelas (línea 51), de recorrido más directo a Constitución por el viejo puente Barracas, que aún subsiste; o el celeste San Vicente (línea79), por el puente Vélez Sarsfield, hoy Victorino de la Plaza. Además, algo menos frecuente, pasaba el amarillo San Justo (54), que hacía un extraño recorrido desde aquella localidad, pasando por Lomas y Lanús, para llegar a Retiro por el Dock Sud. Y, fuera de alguna empresa local, como la Rabboni, no había más colectivos por Lanús Oeste. Estas tres líneas aún subsisten, pero en la amplia y asfaltada avenida actual, con tres carriles por lado y un cantero en medio, se han sumado muchas más, además de un inusitado tránsito de automotores. Los que faltan, claro está, son los carros y caballos que adornaban el paisaje de mi niñez.
Escribo de memoria. Corroboro ciertos datos, aunque no lo logro con todo. Algunos de mis recuerdos, lo comprendo, pueden haberme traicionado. Claro que no, en su esencia. Iba a escribir que el edificio municipal -antes el municipio tenía su asiento en la primera cuadra de la avenida 25 de Mayo- fue construido más adelante, en la avenida Pavón, entre Máximo Paz (ahora Quindimil) y Alcorta, en el predio que albergó la terminal de los trolebuses 305 y 307, estos, sucesores de los tranvías y antecesores de los ómnibus y ahora, solo del colectivo 37. Pero en cuanto a los tranvías, no estoy seguro.
Antes de Perón, la política nacional no formaba, al parecer, parte de nuestras preocupaciones, ni creo que las de la mayoría del barrio, probablemente a consecuencia del fraude, que volvía inútil la opinión popular, poco entusiasmada con el gobierno de Roberto M. Ortiz, del ala derecha del radicalismo, y menos, tras la muerte de aquél, con el de su vice, el conservador Ramón S. Castillo. De modo que el golpe militar del 4 de junio de 1943, recién cumplidos mis 11 años, encabezado por los generales Rawson, Ramírez y Farrell, tuvo mínima repercusión en la sociedad. O, al menos, eso creo. El gobierno de Rawson duró apenas tres días, siendo sustituido por el de Pedro Pablo Ramírez, fluctuando el régimen, entre los partidarios de la neutralidad, que al parecer entre los militares eran mayoría, los aliadófilos y los germanófilos. La única repercusión palpable, en lo que a mí respecta, fue la instauración de la enseñanza de la religión católica en las escuelas. Optativa, pero no tanto. Así aprendí el credo y otras oraciones y supe, por el catecismo que utilizaba el cura para instruirnos, que los principales enemigos de la Iglesia eran los masones, los comunistas y los judíos. A Ramírez, del gobierno lo desplazó el general Edelmiro J. Farrell (1944/46), cuyo mérito mayor, pienso, fue haber nacido en Villa Industriales, de Lanús. Otro hecho destacado de su gobierno es haberle declarado la guerra a Alemania y Japón en 1945, cuando la contienda estaba definida. Tuvo en cargos relevantes a Juan Domingo Perón, a quien, tras democráticas elecciones y dando fin al período de facto, le entregó la banda presidencial.
El 10 de junio de 1945, tuvo lugar un hecho de suma importancia vehicular, pero también como acritud que nos independizaba de Gran Bretaña. Se decidió un cambio de mano en la circulación. Del modo inglés, que aún mantienen los ferrocarriles, se pasa al que impera en los Estados Unidos. De allí en más, los automotores correrían por la derecha. Por eso, cuando años después visité las Malvinas y anduve por sus rutas, sentí que viajábamos de contramano y que en cualquier momento habríamos de chocar.Farrell tenía una hermana, a la vuelta de casa, en Ministro Brin casi Tejedor, a la que visitaba, y era tío de Chachi Fernández, un pibe de mi edad y de mi barrio. Considerando la nula participación pública en la actividad política, me llamó la atención, a mis 12 años, ver una columna de gente silenciosa, por la avenida Pavón, dirigiéndose a la Capital. Era el 17 de octubre, y esa gesta se recuerda como el Día de la Lealtad. El hecho que lo generó fue la detención del entonces coronel Juan Domingo Perón, secretario de Trabajo y Previsión, a lo que siguió la inmediata reacción del sindicalismo.
En setiembre de 1944, bajo el gobierno de Farrell, nacido en Lanús, se crea el partido 4 de Junio, con cabecera en nuestra ciudad, separándola de Avellaneda (que alguna vez se llamó Barracas al Sud) y se designa como comisionado municipal a Juan Piñeiro quien, ese mismo año nos había conseguido las camisetas rojas que, nuestro equipo barrial, usó luego en sus confrontaciones futboleras. Para lograrlas, una delegación que me incluía, lo visitó en su casa de la calle Melo, hoy convertida en museo, y su dueño, en el nombre de una céntrica calle de Lanús. Más tarde, el municipio tomará esa denominación, la de su localidad más importante. La ciudad contaba con un club homónimo fundado en 1915. Con diez años, me asocio a la institución y concurro durante el verano a la pileta, donde aprendí a nadar. En 1953, durante mi servicio militar, luciendo el uniforme azul de aeronáutica que me permitía entrar gratis, fui muchas veces a la cancha. Recuerdo una línea media compuesta por Daponte, Guidi y Nazionale, que reemplazó a una anterior con Carreras, Strembel y Ducca. Allí vi jugar al “charro” Moreno y me impresionó la velocidad de Alfredo Di Stéfano, apodado más tarde “la saeta rubia”. Entre el público vi al bandoneonista Aníbal Troilo.
(Continuará)
