sábado, 11 de julio de 2026

Cuando Lanús era barrio


 por Tito Narosky

2ª parte

En julio de 1940 nos mudamos nuevamente, esta vez a una casa confortable, pero sin jardín, aunque con un terrenito en el que mi madre criaba algunas gallinas y yo, en un rincón, creé, con bolitas, una ciudad con todas sus instituciones políticas. Allí, en Tejedor 209, frente al cine Cervantes, gracias a la ley de alquileres, viviríamos muchos años, y yo hasta que me casé, en 1956. En la nueva vivienda, había gas de red, lo que implica un nuevo avance en el desarrollo familiar.

Trato de recordar aquellos tiempos. Vivíamos con el oído pegado al receptor de radio, con forma de jabón, que habíamos obtenido en un concurso de Federal. Durante los primeros años, sufriendo los avances de las, al parecer, invencibles tropas alemanas, mientras caía en sus manos o se plegaban a “su nuevo orden”, la mayoría de las naciones europeas. Cuando en 1941 Japón destruye en Pearl Harbour parte de su flota, obligando a Estados Unidos a entrar en la guerra, y el nazismo decide invadir la Unión Soviética, lentamente la lucha se fue haciendo más pareja, hasta que la primera y decisiva batalla que pierde Alemania, en Stalingrado, modifica el sentido de la lucha. Tanto Alemania como Italia y Japón (el Eje), para nuestra alegría, se baten en retirada. Pronto, mi madre y mi hermana dejarían de tejer para los soldados ingleses y franceses a través de la Junta para la Victoria, entidad de mujeres democráticas, fundada en 1941, que tenía una oficina en la avenida Pavón casi Llavallol.

    El fin de la conflagración mundial, en 1944/45, introdujo grandes cambios en la geopolítica, sobre todo en Europa, pero también en otros lugares del planeta. Sin que nos conmuevan por lanusenses, nos interesan como hombres. La independencia de la India en 1947, por ejemplo, donde un movimiento pacifista liderado por Mahatma Gandhi, expulsó a la potencia colonial. Tuvo también gran repercusión la decisión de las Naciones Unidas creando, en lo que fue el protectorado británico de Palestina, dos estados, uno judío y otro árabe. Pero siete países musulmanes de alrededor no acataron la decisión, y lanzaron sus ejércitos sobre el

novel Estado de Israel. Fueron contenidos, pero el conflicto, ochenta años después, aún continúa.   

   Las emisiones radiales no solo hablaban de la guerra o de sus consecuencias. Por ejemplo, nos informaban que, “venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza, cualquier dolor de cabeza, se quita con un Geniol”, que “Gomina, tiene un único fabricante, Brancato”; que “Albion House está liquidando”, que es en “Casa Muñoz, donde un peso vale dos”; que “Carlota se viste en Casa Lamota” y que “Casa Braudo es la clásica sastrería del pantalón gratis”. Además, que “los guardapolvos de Casa Quintás cuestan menos y duran más”. Por último, una publicidad que, al parecer, nadie recuerda era: “Un traje hecho por Marzullo da categoría de hombre elegante”.Tal vez la oí en un programa deportivo en los que se escuchaba la voz y perfecta dicción de Fioravanti, o las menos calificadas de Luis Elías Sojit o Lalo Pelicciari. Y en el cine deslumbraba a las jovencitas María Duval, de quien,ante mis compañeras de sexto grado, me jactaba de ser su primo, aunque, en realidad, María era prima de mis primos.

  Lanús, por entonces, no podía quejarse de la cantidad y calidad de sus salas cinematográficas. El Super Cine, sobre la avenida Pavón (hoy avenida Yrigoyen) cerca de la Plaza Belgrano; el Sarmiento, sobre José C Paz (hoy 9 de Julio), la calle más comercial aunque, en este caso, a algunas cuadras de la estación; el Nacional y el Unión, casi enfrentados en la primera cuadra de Ituzaingó; el ya citado Cervantes que, siendo de baja calidad cerró a los pocos años, y luego se construyeron dos salas, una más lujosa que otra, primero el Opera, donde ahora está instalada la Iglesia Universal, y luego El Palacio del Cine, parte del actual Bingo, ambos sobre Pavón, luego Perón, otra vez Pavón y hoy Hipólito Yrigoyen. Y había otros pequeños “biógrafos” barriales.

   En eso de los nombres de calles cambiados, creo que las palmas se las lleva la avenida 25 de Mayo que, en principio se denominó Santa Teresa; cuando la cruzaba para ir a la escuela 72 era la avenida Buenos Aires, luego Uriburu, nomenclatura que se modificó para denominarse Eva Perón, luego de nuevo avenida Uriburu y ahora 25 de Mayo (al menos hasta hoy).

   En la vivienda de Carlos Tejedor casi esquina Morón, me hice de muchos amigos y formamos un equipo de fútbol que practicaba en un potrero de la misma cuadra, cerca de Ministro Brin (¡por suerte algunos nombres se conservan!), aunque la mayoría de los picados los hacíamos en la misma calle, frente a nuestro domicilio, o en Morón, en la cuadra de la iglesia Santa Teresita. ¡Pasaban tan pocos autos! Pero debimos cambiar de hábitos cuando el colectivo 60, ahora 160, utilizó en su recorrido la calle Tejedor. A la vuelta, en Moreno al 100, donde en un terreno inundado abundaban las ranas, estaba también la carnicería. El hijo del carnicero, Pedro, algo mayor que yo, en ocasiones jugó al fútbol con nosotros. Más tarde sería renombrado jugador de Racing y de Boca. Pedro Dellacha, fue también integrante del seleccionado nacional. Otro jugador que, sin alcanzar la fama de aquél, fue centrodelantero de Independiente, y jugó contra nosotros en el equipo de Mortero (por la tradicional panadería y confitería de Pavón esquina Alcorta) fue Bonelli, miembro de la familia de repartidores de diarios.

  Pero en cuanto a ranas, nadie podía ganarle al bañado de Gerli, al que se podía acceder desde la avenida Pavón esquina Rodríguez (hoy Alfonsín), avanzando un poco hacia el este. No fui más que una vez, pero recuerdo su interminable dimensión.

   Mi padre, aunque no puedo precisar fechas, comenzó a trabajar como habilitado o socio, en el almacén por mayor denominado La Comercial, que ocupaba la esquina sur de Tucumán y avenida Pavón, en la vereda par, donde hubo un bar y actualmente una fábrica de pastas. Recuerdo que, en la otra esquina, la de Sitio de Montevideo, los hermanos Kravetz eran dueños de una “una chacarita” de autos, que tal vez pueda equipararse a lo que modernamente llamamos un desarmadero. Familia amiga, visité fascinado ese mundo, ya desde cuando vivíamos en Moreno al 900.

   Pero en una época cercana a nuestra instalación en Tejedor 209, se disolvió la sociedad, cerró el almacén mayorista de Pavón y Tucumán, y mi padre y su hijo mayor, se establecieron muy cerca, en la misma avenida, pero casi Río Bamba, con un pequeño depósito de legumbres. En la esquina, la familia Aued vendía huevos al por mayor y, amistosamente, dividían el alquiler. El reparto se hacía en el carro arrastrado por el “Pobre”, y al que muchas veces me incorporé. Recorríamos las embarradas calles donde estaban los principales clientes. Recuerdo la avenida Santa Fe (hoy San Martín), donde el hábil repartidor seguía las vías del tranvía para no empantanarnos. El carro se guardaba en un corralón de la calle Iberlucea, entre Tejedor y Moreno, cuadra que en la actualidad corresponde a la céntrica Lanusita.

    En la vereda de enfrente de nuestra casa, al lado del cine Cervantes, por un lado, había una casa de chapa canaleta, de las pocas que quedaban en Lanús, y por el otro, la fábrica de licores Mateo Castro y Cía, que iba a tener relevante influencia en el sostén económico de nuestra familia. Cuando mi hermano Adelino notó que las legumbres no alcanzaban para alimentarnos a todos, consiguió un puesto de viajante placista en dicha fábrica y le otorgaron la abandonada zona de Lanús. Muy pronto, con su prestancia y habilidad, se convertiría, entre una veintena, en el primer vendedor de la empresa.

    Completado el tercer grado en la Escuela 72, de la que ahora me separaban siete cuadras, en 1942 pasé a la 21, de Olivieri al 300 (hace años que no existe), algo más cercana, para cursar cuarto. Las calles del centro de Lanús estaban asfaltadas, salvo la muy céntrica de Gobernador Irigoyen, entre Del Valle Iberlucea y la Avenida Pavón, al parecer afectada por un conflicto entre el Municipio de Avellaneda, al que pertenecía Lanús, y el colegio de la Inmaculada Concepción. No sé cómo se resolvió, pero se asfaltó tiempo después. Otro recuerdo de aquellas heladas mañanas invernales, en que el frío congelaba hasta las palabras, es que en la caminata hacia la escuela nos entretenía romper la escarcha que, como fino cristal, se formaba en los desagües.  A mitad del período lectivo, aburrido por las enseñanzas de cuarto grado, para las que mi hermano mayor me había preparado por anticipado, tras un examen, pasé a quinto y, en la misma escuela, hice sexto en la temporada siguiente, terminando la enseñanza primaria con once años.Sin embargo, en las vacaciones, después de completar quinto, con diez años, ocurre un acontecimiento que iba a tener decisiva trascendencia en mi vida. Estuve en el Paraíso Terrenal, del que, como especie, fuimos expulsados por inconducta, pero que, casualidad mediante, descubrí y sentí que podíamos visitar.

    Lo explicaré más simplemente. Una hermana de mi mamá, me invitó a pasar unos días en su morada de Darregueira, un pueblo rural bonaerense cercano al linde pampeano. Entre el perfume de la madreselva, las quintas cargadas con cerezas, damascos o duraznos en sazón; el tanque australiano, en el que nos bañábamos junto a peces de increíble colorido;con amiguitos tan despreocupados del paso de las horas como yo, viendo volar rojos churrinches, albas monjitas o pájaros de brillante plumaje azabache; descubriendo huevos como gemas, verde esmeralda brillante los de la copetona, o turquesa con nubes blancas en relieve, los del pirincho, sentí que en ese par de semanas viví lo que Alicia en el País de las Maravillas o, lo que sería lo mismo, estuve en el Paraíso.

                                                                                (Continuará)