lunes, 15 de septiembre de 2014

Un clásico y tres imágenes

por Marcelo Calvente


La imagen de la vuelta  del clásico del sur, la del principio, fue una pintura de la situación. La hinchada granate no venía muy conforme que digamos con el vertiginoso arranque del semestre: El debut con dudas ante el Mineiro en casa por la Recopa, la enorme victoria obtenida en la revancha que lo llevó a un alargue que insólitamente perdió cuando todo estaba para ganarlo, el viaje a Japón, donde fue derrotado por un equipo de tercera categoría, la eliminación con Colón por la Copa Argentina y no encontrar regularidad durante las cinco primeras fechas del torneo de AFA, es motivo más que suficiente como para preocuparse. Los propios futbolistas, con sus actuaciones deslucidas, han venido demostrando su fastidio por este arranque. Lanús venía de vencer a Racing en Avellaneda con una leve mejoría en el juego y un enorme amor propio, y de visita venía Banfield, el clásico que ya se empezaba a extrañar. Siempre es bueno tener un rival, y mejor es vencerlo. Su descenso fue una noticia que los granates celebraron, pero es necesario que el descendido vuelva; si no vuelve más, ¿a quien vas a cargar, a quien le vas a gritar los goles en la cara? Por eso Lanús llenó La Fortaleza, para volver a ganarle a Banfield por tercera vez consecutiva, y para festejar la vuelta de su rival a primera. La imagen del principio fue una estremecedora muestra de confianza de la gente granate, de la grandeza y la vigencia del Campeón de la Sudamericana, un recibimiento a la altura de uno de los mejores equipos del continente, y un volvernos a ver con el rival y comprobar como anda cada uno. A la imagen del principio sólo le faltó el público de Banfield.
  La imagen del partido fue la de la lucha. Un encuentro de pocas situaciones de gol, pero
  jugado a muerte en cada pelota, donde los dos dieron señales de fiereza. Esa lucha fue zanjada con el gol granate. Al tener que defender esa ventaja, Lanús siguió jugando fuerte, pero Banfield entró en el descontrol y terminó con nueve, con el arquero haciendo un papelón. Hasta el gol de Romero, coronando una salida clara de Araujo para Braghieri, que intentó un remate al arco que devino en fortuito pase gol, con un toque certero de Acosta para el Chino. Iban 2’ minutos del complemento. En la parte inicial el Grana no había inquietado, y aunque Banfield dispuso de dos situaciones de gol, el local había logrado dominar el medio campo y ganar las pelotas divididas. La superioridad la impondría después del gol, soportando sin errores el confuso pero intenso despliegue ofensivo de la visita, y respondiendo con profundidad, repitiendo la formula conocida. Pelota que llega clara desde el medio, pase de Ortiz a un lado del área, desequilibrio en corto de Acosta y toque de primera para la sincronizada llegada de Romero para marcar con el arco vacío. El cordobés la recibió un poquito atrás y se quedó sin recorrido para pegarle fuerte, le puso el pie, y resultó un trampolín para que la pelota salte sobre el travesaño. Romero se perdió liderar la tabla de goleadores, y un gol de esos que integran el ranking del año. Como siempre ocurre cuando no se puede ampliar la ventaja como se merece, llegó la hora de sufrir para los granates, “a ver si en el final, éstos…”
  El propio Banfield se encargó de impedirlo. Sus jugadores se entregaron antes de intentarlo, perdieron la sensatez, se quedaron con nueve y se llevaron una derrota dolorosa en una jornada de muy profusa cobertura periodística. Volver siempre cuesta. Los futbolistas granates jugaron este partido de una manera especial. Necesitaban ganar así, necesitaban volver a creer en si mismos. Hubo rendimientos individuales muy destacados. El de siempre, Agustín Marchesín, sacando las que van adentro; Araujo dando lección de su materia, la marcación de punta; Velázquez aportando su pase claro y su presencia, Ortíz conectando el medio con el ataque, entregando la pelota con notable precisión, y Acosta y Romero anunciando que juntos son dinamita, sobre todo si se juntan cerca del área. Y hubo mejorías también para celebrar, como las de los dos centrales, que esta vez no desentonaron, como las de Somoza y el Pulpito, que recobraron intensidad y se los vio más metidos en el partido, la imagen de buen equipo en general. De equipo armado, que tiene pronto que revalidar su condición de campeón de Sudamérica, y que mientras tanto se convierte en candidato con una victoria muy celebrada por sus hinchas. En síntesis, aquella imagen tan conocida de diciembre último.

  El final fue una postal del fútbol, de la victoria y de la derrota. Una verdadera multitud celebrando el triunfo ante el más rival de los rivales, y el equipo festejando la recuperación de su espíritu de tal, con los recambios adaptados y una ofensiva que ilusiona con volver a las fuentes, a Cejas y Lugo, a Silva y Acosta, a Huguito Morales e Ibazaga, a Blanquito y el Pelusa Valeri, duplas capaces de quebrar al rival con pelota al pié, velocidad  de maniobra y entendimiento mutuo, la estirpe natural del fútbol granate de toda la vida, a la que tal vez el entrenador pueda sumarle a Silva cuando el pelado recupere su verdadero nivel. La imagen del final es la de una hinchada que recobró la confianza en su equipo, y la de un equipo orgulloso del aliento de su gente y de jugar en un club como Lanús, donde todo está en su lugar, donde no hay excusas. La imagen del final es la que hay que consolidar en Quilmes con otra victoria, para después intentar frenar la marcha de River y meterse en la pelea decisiva del torneo de AFA, para seguir proyectándose en el ámbito internacional y tratar de mantener la Copa Sudamericana en sus vitrinas. Pero a decir verdad, al partido le faltó la vuelta a casa de la gente de Banfield bajo la lluvia, sufriendo la derrota y percibiendo de la manera más cruda lo mucho se han profundizado las diferencias.