jueves, 22 de enero de 2015

Alberto Nisman y el tiro del final

por Omar Dalponte

omardalponte@gmail.com

La trágica realidad de un balazo acabó con una fuerte ilusión del antikirchnerismo. Seguramente, en los sectores  opositores, especialmente en los que no se sienten atraídos por la oferta electoral de los partidos políticos tradicionales, vieron en el ex fiscal Alberto Nisman al gladiador capaz de terminar de una vez y para siempre con el proyecto nacional que conduce Cristina Fernández. Creyeron que, por fin,  habían hallado al hombre que sería el gran sepulturero de las aspiraciones populares. Pero Nisman, sorpresivamente, terminó de la peor manera después de  lanzarse al ataque mediante una denuncia ridícula que los centuriones del kirchnerismo estaban dispuestos a pulverizar con sobrados argumentos.   
Amplias parcelas opositoras alguna vez fantasearon con el cortesano Ricardo Lorenzetti. También se ilusionaron con Sergio Massa a quien imaginaron como el Capriles venezolano en versión argentina. El paso del tiempo ha operado para que  las expectativas depositadas en Mauricio Macri se debilitaran al comprobar que fuera de su feudo capitalino no atrae multitudes. Además, Macri carece totalmente del “óleo sagrado de Samuel” tan necesario para interesar a las mayorías. Ahora, no fueron pocos los que barruntaron que, al fin, había llegado la hora del vengador personificado en la figura del gran denunciante. De pronto llegó  lo inesperado. La muerte del ex fiscal trajo sorpresa, desconcierto y bronca en las filas
opositoras. El ídolo pasó a otro mundo. Para colmo el hecho se produjo en una zona regada por la baba de la tilinguería: Puerto Madero, sitio que muchos tontos consideran un paraíso de placeres. Cosas de la vida: la calle donde se halla el edificio  en el cual Nisman  encontró  la muerte, se llama Azucena Villaflor, una figura emblemática  de la lucha por la vida.
Enero, en la jerga periodística se conoce como un mes “mortadela” por la falta de noticias en el ámbito de la política. Así es que  la muerte del ex fiscal les vino como caída del cielo a los vocingleros de los medios de comunicación que fabulan de lo lindo diciendo disparates al por mayor que, en definitiva, no son otra cosa que insultos a la inteligencia del pueblo.     
Por lo que escuchamos, vemos y leemos, estos días de principio de año quedarán para la antología de las estupideces periodísticas. Como por arte de magia han aparecido “especialistas” en dedos acalambrados, rigidez cadavérica, barrido electrónico, orificios de bala, data de muerte y otras yerbas. Probablemente ninguno de estos “especialistas” haya visto o utilizado un arma alguna vez, pero el caradurismo, muchas veces, no tiene límites.
Lo cierto es que el fallecimiento de Nisman fue un cañonazo en medio del pecho de toda la oposición. Se notó claramente en el rostro demudado de Macri quien apenas ocurrido el hecho balbuceó palabras tan irracionales que superan sus absurdos anteriores. El disgusto se advirtió también con nitidez en el palabrerío vacuo de Massa que, acelerando en vacio, quiso aprovechar el momento para proponer cosas que jamás se realizarán. Otro que derrapó fue Sanz al frente de la primera línea radical cuando en un arranque de viejo politiquero de comité propuso la movilización popular en memoria del muerto. Algún amigo radical debería decirle a este señor que su poder de convocatoria en la Argentina de hoy es nulo.
Debido a que se frustró el deseado  orgasmo decembrino, la histeria cacerolera hubo de manifestarse en un desahogo forzado y fugaz en noche de enero. La furia de los caceroleros fue nuevamente una muestra cabal de la impotencia de un sector intolerante, cargado de odio y de enemigos de la democracia.
Mientras tanto, los millones de argentinos que disfrutan de sus vacaciones, como principales protagonistas de una realidad muy diferente a la que  se nos pretende mostrar, son la cara del país auténtico que  desea vivir en paz. El considerable consumo de “bolas de fraile’, ‘churros” y “medias lunas” a la hora del mate en las playas bonaerenses nuestros turistas lo realizan con total indiferencia respecto al mensaje apocalíptico de quienes desparraman mentiras e  insidia.
Indudablemente el hecho trágico sacudió el avispero y los lenguaraces de los monopolios de las comunicaciones se esmeran para amplificar el suceso y abonar  su cuota de dramatismo con una buena dosis de ficción.
Pero más allá de cualquier disparate no está mal preguntarse qué es lo que verdaderamente ocurrió.
¿Fue un suicidio? ¿Una decisión extrema del ex fiscal para evitar el tremendo papelón que le esperaba cuando los alfiles kirchneristas le desplumaran su ridícula denuncia?  De haber sido así su prestigio profesional hubiese sido  enorme.
¿Ocurrió porque habría pactado con sectores de poder que persiguen fines inconfesables y quedó metido en un laberinto del cual no pudo salir?  No son pocos los que orientan sus sospechas en esa dirección.
¿Escribió Nisman la denuncia con la que arremetió contra la presidenta y otras personas? ¿ O se la impusieron exigiéndole que la utilice como ariete?
¿Pudo, acaso, haber mantenido alguna relación íntima que su familia no admitiría y que a él lo avergonzara profundamente?  ¿Algo así puede llevar a una persona a matarse?       
¿Pudo haber cometido el ex fiscal actos que afectarían su buen nombre y honor y que alguien pudiese reprocharle públicamente? Uno no cree demasiado en la existencia de hombres puros. Menos en el mundo de la política.
¿Es Nisman un mártir? No. Es un personaje cuya muerte pudo haberse producido por miedo, desesperación, vergüenza, por propia voluntad o vaya a saber uno de qué manera. Todo puede ser o no ser. Si quedara definitivamente  demostrado que su muerte  fue por suicidio y no por  crimen la causa estará cerrada.
Lo que quedará en el recuerdo es que a Alberto Nisman sí lo eliminó el tiro del final.
  (*) De Iniciativa Socialista